Espaldas gemelas

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Mi hermano dice que he perdido pelo
que estoy mucho más encanecido
que llegó el agua a las hogueras de mis ojos
que de pronto he envejecido en estos años
cazando al norte la veloz circunferencia 
de una estrella.

Mis amigos dicen que ya no soy el mismo
que ya no traigo llaves sin finales, vinos celestes,
ni salmones de colores casi audibles. Que ya
no levanto una ceja paternal y laboriosa
a la hora de perpetuar los himnos del verano.

Mis clientes no entienden cómo voy con mis palabras
por los bares, vendiendo libros en las mesas.
Si me vieras, si por azar te encontraras conmigo
y me vieras desde lejos, creerías que no es cierto,
que no puede ser así la apariencia del destino.

No encontrarías al hombre que atesoras en 
las fotos. No reconocerías siquiera que es 
la misma ropa de ayer, la que ahora luce 
sus remiendos de nostalgia.

Sin embargo hoy me arriesgo al sur, furtivamente,
entre rosas de arrabal y cielo propio,
donde otra mujer triste y majestuosa
(a la que llevo igual que a mi cuchillo)
le bastan mis lágrimas esquivas, mi sonrisa 
que demora, y este semen demencial
para saber que he sido tuyo.



Mauricio Escribano 


Imagen Antonio Palmerini



















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