Conmigo

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Por todos lados cáscaras, estuches,
naftalinas con ojos de pescado,
trapos caídos, ácaros, sillones
donde se sienta el frío. Ruidos negros
oyéndose en los párpados, retratos
de viejísima gente aprisionada
por trajes de sepelio, cuchicheos
de flores epilépticas bailando
a través de un cristal de mezcalina.
Por todos lados eso. Aquí la noche,
trémula como un zócalo emplumado,
larga, extendida junto a tus espaldas,
al lado de tus piernas, retenida
por tu cabello húmedo. Y el viento
lijando afuera calles y postigos,
mortificando esquinas de piel seca,
furtivos peatones, esqueletos
lustrados por la luna de los viernes.
Si no te viera lógica en la almohada,
colonizando anémonas de espuma
diría que el amor es eso oscuro,
eso de hierro sórdido, de yeso
acariado por el agua suburbana,
por la potasa de los almacenes
que cierran a las ocho, cuando el hambre,
la sangre y sus podridos caracoles,
salen a ver el tren de los suicidas,
a escuchar un luctuoso tocadiscos
en las arrugas de la madreselva,
y hay un niño —los niños están siempre—,
perdido en basurales, extraviado
en un turbio arsenal de mariposas.
Pero tú estás conmigo, en cautiverio,
custodiada por treinta cigarrillos,
sola de luz y leche entre los tubos
del reposo nocturno que yo ignoro,
que se ha ido de mi siguiendo el salto
lisiado en las horas, el impulso
de este amor trabajado en el delirio.
Si te movieras para darte vuelta,
si alguno de tus brazos calculara
la posición polar de mis pupilas,
me entraría la muerte por los dedos,
y me tendría que morir sabiendo
que el árbol respirable de tu boca
se ha quedado detrás, donde no hay tiempo,
donde resulta inútil el sollozo.



Roberto Themis Speroni



. Imagen . Francesca Woodman





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